
Introducción
No sé ni por dónde empezar este artículo.
Normalmente, cuando siento inspiración para escribir, simplemente me siento delante del ordenador y las palabras salen solas. Esta vez ha sido distinto. Antes de empezar me he parado a pensar qué quería contar, cómo estructurarlo o cuál era realmente el tema de este artículo. Y después de darle muchas vueltas, he llegado a un nivel de profundidad que me ha dejado más confundida que al principio.
Quizá por eso voy a empezar por el principio.
El encuentro
Estoy en Tailandia continuando mi formación en masajes, especialmente masaje tailandés.
Durante estas semanas he conocido a personas muy interesantes. Entre ellas, un chico que se está formando como profesor y que me ofreció recibir una sesión de reflexología como parte de sus prácticas.
Acepté encantada.
Después de un día largo, intenso y algo espeso para mí, aquel masaje fue un regalo inesperado. No solo porque me confirmó que quiero seguir profundizando en la reflexología, sino porque me permitió conocerle un poco más y cambió por completo mi energía y mi estado de ánimo. Este chico me comentó que se dedicaba a la danza butoh.
¿Qué es el butoh?
Hasta ese momento nunca había oído hablar del butoh. Y quizá precisamente por eso me generó todavía más curiosidad.
El butoh es una danza contemporánea japonesa nacida después de la Segunda Guerra Mundial, conocida por muchos como «la danza de la oscuridad». Una forma de expresión profundamente simbólica, emocional y muchas veces difícil de explicar con palabras.
Justamente aquella noche participaba en un espectáculo en Chiang Mai.
Aunque últimamente estoy en una etapa bastante introspectiva y no estoy socializando demasiado, algo dentro de mí me dijo que fuera.
Y menos mal que le hice caso.
La obra
Había tres artistas actuando aquella noche.
Todos los espectáculos eran improvisados.
El suyo era el último. Comenzó sentado, prácticamente desnudo, con unas medias cubriéndole la cabeza. La atmósfera era oscura. Apenas algunas luces dispersas permitían intuir la escena.
Y entonces empezó a cantar una canción que me transportó directamente a mi infancia:
«Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña…»
La canción aparecía y desaparecía entre movimientos lentos, caídas, silencios y gestos difíciles de describir.
En otro momento tomó un cuenco con una sustancia blanca que fue extendiendo por distintas partes de su cuerpo.
Más adelante llegaron los gemidos.
La tensión.
La búsqueda.
Y una frase que atravesó toda la sala:
¡No siento nada!
El espectáculo terminó con una escena casi hipnótica. Luces intermitentes rodeándolo mientras todo su cuerpo parecía debatirse entre la rigidez y la fluidez, entre el control y el abandono.
Lo que yo vi
No sé qué significaba realmente aquella obra.
Tampoco sé qué pretendía transmitir.
Lo único que sé es lo que despertó en mí.
Porque mientras observaba la escena no sentía que estuviera viendo a una persona.
Para mí era algo más profundo.
Era el alma.
El ser.
Algo atrapado.
Algo inocente.
Algo esperando.
Esperando que alguien viniera a salvarlo.
De algún modo acompañado por la canción de los elefantes, que se van sumando a balancearse porque la tela no se rompe.
Como si siempre estuviera a punto de llegar algo.
Como si la liberación estuviera siempre un poco más adelante.
Y, sin embargo, nadie venía.
Cuando se quitó la media de la cabeza sentí un pequeño respiro. Como si por fin pudiera entrar algo de luz. Como si empezara una nueva etapa donde experimentar, descubrir y vivir.
Pero entonces apareció aquella frase:
¡No siento nada!
Y me atravesó.
No siento nada… o no sé qué siento
Durante años pensé muchas veces que no sentía nada.
Hoy ya no creo que sea eso.
Creo que la frase que más se acerca a mi realidad es otra:
No sé qué siento.
Y no porque no haya emociones.
Quizá precisamente porque hay demasiadas.
Esa fue una de las conclusiones que me dejó la parte final del espectáculo.
A veces siento tristeza, alivio, miedo, ilusión y nostalgia, todo al mismo tiempo.
Quiero ponerle una etiqueta a lo que me pasa y no puedo.
Y entonces aparece la confusión.
La frustración.
Tal vez por eso siempre me han incomodado las etiquetas.
Porque rara vez consigo encajar lo que siento dentro de una sola palabra.
Tal vez no es que sienta poco.
Tal vez es una mezcla de tantas emociones que no sé cómo ponerle nombre.
Ni cómo expresarla.
Durante horas seguí pensando en aquella frase.
Pero cuanto más la observaba, más me daba cuenta de que la verdadera reflexión de aquella noche no estaba en el «no siento nada».
Estaba en otra parte.
Los personajes que no me permito mostrar
Sin embargo, la mayor reflexión de aquella noche no tuvo que ver con la obra.
Ni siquiera con el butoh.
Tuvo que ver conmigo.
Horas antes había recibido un masaje de una persona tranquila, cuidadosa y presente.
Horas después observaba a esa misma persona gritar, retorcerse, temblar, reír y expresar emociones completamente distintas.
Y entonces apareció una pregunta:
¿Cuántos personajes habitan dentro de una misma persona?
No era, ni mucho menos, la primera vez que me hacía esa pregunta.
Pero aquella noche tomó una forma especialmente visual.
Especialmente tangible.
Aquellas escenas hicieron que cobrara un sentido nuevo.
Y fue entonces cuando la pregunta cambió de dirección.
Ya no era cuántos personajes existen.
Sino a cuántos les permito existir.
Y ahí fue donde la reflexión dejó de hablar de él y empezó a hablar de mí.
Porque me di cuenta de que quizá lo que más admiro no es la danza.
Ni el espectáculo.
Ni siquiera la capacidad artística.
Lo que admiro es el permiso.
La capacidad de permitirse ser.
De ocupar espacio.
De expresar.
De mostrar diferentes partes de uno mismo sin pedir permiso constantemente.
Y ahí encontré una de mis mayores dificultades.
Cuántas veces me bloqueo por miedo.
Por vergüenza.
Por incomodidad.
Por miedo a ser juzgada.
Por miedo a decepcionar.
Por miedo a mostrar una versión de mí que no encaje con lo que los demás esperan.
Quizá por eso dudo tanto.
Quizá por eso a veces me cuesta tanto decidir.
Porque todavía hay partes de mí que siguen esperando autorización para existir.
Una pregunta abierta
Salí de aquella obra pensando que todos llevamos dentro muchas más versiones de nosotros mismos de las que mostramos.
Algunas son fáciles de enseñar.
Otras permanecen escondidas durante años.
No porque no existan.
Sino porque todavía no les hemos dado permiso.
Y desde entonces no puedo evitar preguntarme:
¿Cuántas partes de mí siguen esperando permiso para existir?
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